Princesas, raperos, dictadores o divas: por qué la irresistible atracción.

Divisa de tribus urbanas, uniforme de campeones o recurso estilístico para acercar posiciones: la prenda, repleta de ironías, presume de semiótica compleja y llena de misterio. En tiempos de quedarse en casa, sin embargo, reconforta. EL JOGGING

Decía Karl Lagerfeld que el “jogging” es un signo de derrota, “has perdido el control de tu vida, así que te compras uno”. En realidad, y pese a la obstinación del káiser, se trata de una de las prendas más globales que puedan existir hoy en día. y creo que Es lo único que se puede vestir indistintamente en un campo de refugiados, por un dj del sur de Londres, un abuelo asiático que sale a caminar o una supermodelo. No es una ‘nueva tendencia’ sino un cambio cultural, de la misma manera que antes lo fueron los jeans. Un emblema universal que cobra más sentido que nunca en tiempos de quedarse en casa.

El jogging (tal y como lo conocemos) no hizo acto de presencia general hasta los sesenta.

En los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, se convirtió en la indumentaria imprescindible para todos los deportistas entre entrenamiento y entrenamiento.

A mediados del siglo XX triunfaban los modelos de algodón. Pero el gran terremoto lo generó la firma Adidas al ampliar su oferta más allá de las zapatillas: en 1967 lanzaba al mercado su célebre jogging de colores, con tres bandas en el lateral. Desde entonces quedan pocos que no se hayan rendido a la propuesta: la tenista Chris Evert (en 1974, en la imagen), pero también raperos, princesas, dictadores o personajes de ficción que hicieron de él parte de su idiosincrasia.

Mucho antes que Shakira o Jennifer Lopez, estaba Whitney Houston poniendo los pelos de punta a todos los espectadores de la Super Bowl, en 1991, cantando el himno de Estados Unidos. No necesitó ni el brillo de una lentejuela: le sobró con un sencillo jogging tricolor.

Según la Rae, que recoge el término desde 1983, un jogging es un tipo de “ropa deportiva que consta de un pantalón y una chaqueta o jersey amplios”. Su origen etimológico, poco refinado, hace referencia a la vestimenta de los tenderos parisinos a finales del siglo XIX: “Procede de la expresión marchand d’ail, ‘frutero y verdulero’ y, literalmente, ‘vendendor de ajos”, recuerda Juan Gil, catedrático de Filología, en el libro 300 historias de palabras.

En los años setenta el jogging ya era abrazado por todos. Además de los deportistas, contribuyeron a su popularización el cine y la televisión. Bruce Lee lo usó como uniforme en la serie Longstreet (1971), en rojo y blanco, aunque su modelo más icónico fue el mono negro y amarillo de Juego con la muerte (1978). Un vestuario que varias décadas después le serviría a Quentin Tarantino como inspiración para acicalar a Uma Thurman en Kill Bill. 

En los ochenta llegó el furor por los colores psicodélicos, pero también por los materiales sintéticos como el acetato que garantizaban el resplandor. Unos tejidos que, además, eran baratos, duraderos y fáciles de mantener. ¿La prueba de que nadie se resistía a sus encantos? Raffaella Carrà en 1984.

A partir de este momento la prenda quedó ligada a la música y a lo callejero. El jogging –como los grafitis, el breakdance o el hip hop– adquirió la categoría de significante cultural para muchos jóvenes del Bronx, Brooklyn o Queens. Dan buena fe cintas como Wild Style (1983), Beat Street (1984, en la imagen) o la mucho más reciente serie de Baz Luhrmann The Get Down (2016).

Los raperos Run-D.M.C. llegaron a elevar su amor al chándal hasta dar a luz al tema My Adidas, todo un himno de adhesión al logo de la casa de origen alemán.

 Saltando el océano, en la Inglaterra imperaba un estilo casual adoptado principalmente por chicos de clases trabajadoras.  Hooligans con toques sesenteros que hacen que la mayor parte de los integrantes del britpop se rindiese a la pieza que hoy nos ocupa. Ni los miembros de Oasis ni los más acicaladitos integrantes de Blur se resistieron al jogging de tres bandas de Adidas.

Tanto el britpop como el grime están en el foco de inspiración de referentes del streetwear como Virgil Abloh, el adorador del jogging desde su trono al frente de la división masculina de Louis Vuitton.

Pero antes de que lo reivindicaran los grandes exponentes del streetwear, estaban las Spice girls. Concretamente Sporty Spice , que con su jogging saturado en rojo y azul se plantó delante del mismísimo príncipe Carlos.

Qué sería de los primeros años de la década de los 2000 sin la colorida suavidad de los jogging? Cualquier celebridad que se preciara en Los Ángeles se paseaba con uno de sus modelos en terciopelo, emblema de la monetización del icono callejero.

Pero el carácter universal y cercano del dos piezas lo ha hecho tentador a ojos tanto de Fidel Castro como de Barack Obama (en la imagen). Eso sí, todos han generado controversia al vestirlo. Quizá porque, a diferencia del jeans, el jogging es una prenda que continúa rodeada de misterio y complejas narrativas.

Cuando 1985 la princesa Diana de Gales visitó a las tropas británicas desplegadas en la República Democrática Alemana, relajó las distancias con los militares vistiendo un sencillo jogging. Kate Middleton también ha recurrido a él en ocasiones informales, así como Rania de Jordania, que lo usó por ejemplo para visitar a niños en un colegio.

Aunque ahora no podríamos vivir sin él, durante muchas décadas estuvo reservado exclusivamente a una pequeña cantidad e gente.