
Dillom vuelve a ampliar los límites de su sonido con un trabajo tan imprevisible como ambicioso. En La nueva violencia, el artista argentino no sigue lo que la escena dicta, sino que le cambia la temperatura. A lo largo de todas sus canciones construye un disco ácido, provocador y desconcertante, donde conviven el punk, el post-punk, la electrónica, el pop, el hip hop y la distorsión industrial con una naturalidad sorprendente. El resultado es una obra cambiante, cargada de texturas y contrastes, que pasa de la tensión al baile, de la crudeza a la melodía, sin perder una identidad reconocible.
En ese recorrido, las colaboraciones tampoco funcionan como simples apariciones: Juliana Gattas y Ale Sergi, de Miranda!, St. Vincent y otros invitados se integran a un universo que ya tiene una personalidad muy marcada. Pero no son el sostén del disco. Dillom apuesta fuerte por la composición, la producción y una identidad propia que se sostiene por sí sola; las colaboraciones aportan color, matices y nuevas texturas, y refuerzan canciones que ya llegan con una estructura sólida.
También hay una evolución evidente en la interpretación y en la voz de Dillom, cada vez más sólida y versátil para moverse entre registros muy distintos. La nueva violencia no parece buscar una fórmula: justamente encuentra su fuerza en no quedarse demasiado tiempo en ninguna.

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Del punk al pop sin escalas
El disco empieza como tiene que empezar un álbum de alguien que parece tener incorporado el tempo del punk. La nueva violencia, la canción que da nombre al disco, entra con un sonido distorsionado que por momentos roza el thrash metal y el post-punk y, antes incluso de meterse de lleno en la letra, ya genera la sensación de estar entrando en un remolino de emociones. El comienzo está especialmente logrado: unos clacks marcan el beat junto a un redoblante simple mientras Dillom canta casi en voz baja, hasta que todo vuelve a explotar con el “Uh Ah, la nueva violencia”. Los teclados, oscuros y casi al borde de lo demoníaco, terminan de construir una atmósfera apabullante.
Vedette cambia rápidamente el paisaje. Hay elementos más cercanos al sonido habitual de Dillom, pero atravesados por un ritmo de marcha, golpes de batería muy marcados y coros que generan excelentes cortes dentro del tema. Por momentos se acerca a lo industrial y por otros aparecen el techno, la new wave y el synth-pop. También empieza a destacar una de las fortalezas del álbum: la claridad vocal de Dillom y su soltura para moverse entre registros diferentes. Bajos y baterías, además, sostienen una base muy sólida que prácticamente no deja caer la intensidad.
Papá se volvió loco lleva la provocación hacia una letra ácida, irónica y por momentos deliberadamente bizarra, que golpea de frente a la frivolidad social y ciertas lógicas del sistema. Es uno de los temas más alternativos del disco y la interpretación de Dillom acompaña perfectamente esa tensión.
Con Gente Común volvemos a pisar el acelerador. El walking de bajo es impecable y, con la entrada del hi-hat y las guitarras, la canción gana todavía más movimiento. La letra vuelve a retratar con ironía las miserias de esa supuesta “gente común”, aunque por momentos queda camuflada detrás de sonidos y teclados casi angelicales, muy al estilo Miranda!. La aparición de Juliana Gattas y Ale Sergi termina de darle sentido a esa elección y, cuando hacia el final proponen contar un chiste, el resultado es para sacarse el sombrero musicalmente.
Souvenir recoge prácticamente esa misma energía. Las dos canciones están tan bien sincronizadas dentro del álbum que el paso de una a otra llega a sentirse casi como un medley. Son dos de los momentos más pop de La nueva violencia y una muestra bastante clara de que Dillom puede cambiar de lenguaje sin perder identidad.
La evolución de Dillom aparece desde el arranque: no abandona la tensión ni la distorsión que forman parte de su identidad, pero amplía el lenguaje hacia el post-punk, lo industrial y el pop con una voz mucho más segura. El cambio no parece forzado; simplemente su universo ahora tiene más lugares donde entrar.
Redacción MgzMag
La nueva violencia se vuelve electrónica
Superdiversión lleva el disco hacia un terreno más electrónico, con bajos distorsionados y coros y vocalizaciones que aparecen casi en off. El cambio de ritmo en la segunda línea de estrofas está especialmente logrado: de pronto el tema se vuelve más disco, más glam y empieza a dibujar una escena casi psicodélica.
Cocodrilo mantiene esa tensión entre letra y sonido que Dillom maneja tan bien. La letra es fuerte, pero vuelve a esconderse detrás de una producción mucho más electrónica. Aquí aparece St. Vincent, una de las figuras clave de la escena alternativa actual, y su participación encaja perfectamente en ese clima extraño, incómodo y sofisticado que propone la canción.
En ese mismo recorrido se suma Minas, con un estribillo pegadizo que insiste una y otra vez, y después Fashion. Las tres canciones terminan funcionando casi como una pequeña trilogía dentro del álbum, unidas por el pulso electrónico y una mirada sobre el exceso, la apariencia y la frivolidad.
En Fashion hay una frase que resume todo con una precisión brutal: “pasos, risas, olor a trapo rejilla”. En pocas palabras desmonta esa idea de glamour que atraviesa el tema. Muy buenos también los bajos saturados acompañando el “soy fashion”, repetido una y otra vez en un registro grave que termina convirtiendo la frase casi en una caricatura.
Nadie coge gratis vuelve a cambiar el lenguaje y lleva el disco hacia un hip hop mucho más contemporáneo, con los beats al frente, loops y sampleos que por momentos hacen sentir que uno está metido dentro de una consola arcade de 8 bits. Es otro giro del álbum, pero no se siente aislado: Dillom cambia de textura, acelera, distorsiona y vuelve a empezar sin que el disco pierda continuidad.
Del rock al cierre más melódico
Con Palermo Hollywood el disco vuelve al rock. Las guitarras distorsionadas recuperan protagonismo y la batería vuelve a golpear fuerte, devolviendo una energía más cruda después del tramo más electrónico del álbum.
Elvis Interludio funciona exactamente como lo que anuncia: una pausa breve, casi un consejo a Dillom sobre sus presentaciones, con My Way llevada al terreno de Elvis Presley. Pero también prepara el clima para Maniquí, el tema más lento y melódico de La nueva violencia. No cuenta como canción, cuenta como un «consejo irónico», ya que si se refiere a estos cover que realiza Dillom en vivo, cada vez suenan mejor y le sientan perfecto a sus shows, ya sea musicalmente como por la performance.
Es justamente en Maniquí donde se percibe con mayor claridad la evolución de Dillom, especialmente en lo vocal. Hay más control, más matices y una seguridad que le permite asentarse sobre un registro completamente distinto sin que la canción pierda identidad. Esa versatilidad termina siendo una de las claves del álbum: Dillom puede pasar de la distorsión al pop, del hip hop al rock o a una canción más melódica sin sonar fuera de lugar. El detalle del tema, el acertado solo de guitarra con un Fuzz increíble que te pone los pelos de punta al escucharlo.
La nueva violencia es un álbum casi frenético, sostenido por bajos y baterías que rara vez aflojan y una producción que cambia constantemente de textura. Dillom salta del punk a la electrónica, del pop al hip hop y vuelve al rock sin detener el movimiento. Esa intensidad permanente es, justamente, una de las señales más claras de su evolución.
Redacción MgzMag
Amigos cierra el disco como tiene que cerrarlo: arriba. Tiene fuerza, melodía y una energía que inmediatamente hace pensar en el vivo. Tranquilamente podría convertirse en uno de los temas elegidos para cerrar futuras presentaciones de Dillom y, por cómo está construido, seguramente será también uno de los más celebrados por sus fans.
Después de 14 canciones y varios cambios de piel, La nueva violencia deja una sensación clara: Dillom está en plena expansión artística. El disco avanza con una intensidad casi frenética, pero detrás de ese vértigo hay una producción muy pensada, una identidad cada vez más definida y un artista que parece decidido a no repetirse.
Reseña final de MgzMag

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